Últimamente hemos empezado a comentar a otros las características principales de nuestro proyecto, aunque todavía en círculos muy cerrados. Uno de los problemas que puede tener un emprendedor (o un grupo de emprendedores) es que no valide su idea antes de desarrollarla. En nuestro caso, teníamos claro que si nuestra idea no tiene buena acogida, tenemos otras ideas y, sobre todo, muchas ganas y capacidad de llevarlas a cabo.

Hasta ahora, parece que nuestro proyecto no está teniendo mala acogida: el sistema parece útil, el objetivo suena coherente, el modelo de negocio no parece desentonar, el mercado está claro, las ideas de marketing también…

Sin embargo, hasta la semana pasada no habíamos consultado con alguien que esté muy acostumbrado a tratar con emprendedores en nuestra situación. Antes de hablar con ellos, no me planteaba demasiado si nuestra idea les podría gustar más o menos, y estaba más centrado en pulsar la viabilidad del proyecto, pero al salir de la reunión nos quedamos con la impresión de que su opinión reforzaba ambas partes.

¿Y si en lugar de recibir confirmación hubiéramos obtenido una verdad “diferente de la nuestra”? Creo que cuando ese momento llegue (que llegará), tendremos que dar más importancia a su opinión que a la del resto de personas, especialmente si viene de alguien muy ajeno a nosotros. Se aprende mucho más analizando los errores propios que recibiendo “palmaditas en la espalda”. Al menos, eso es algo que pongo en práctica en mis clases y, aunque sea duro para mis alumnos, vengo observando que da resultado.

Ante todo, debemos ser honestos con nosotros mismos, y reconocer nuestros defectos, debilidades y problemas lo antes posible. En lugar de ignorarlos, hay que dirigirse hacia ellos en cuanto se detectan.

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